OTRAS PALABRAS

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GEORGOS NICOLAIDES O LAS NUPCIAS DEL COLOR

 [Presentación del libro “Cementerio en color”, jueves 29 de marzo de 2012, Sala de Exposiciones, Universidad Católica de la Santísima Concepción]

 

por Tulio Mendoza Belio

Miembro Correspondiente Academia Chilena de la Lengua

Premio Municipal de Arte de la Ciudad de Concepción (2009)

 

Todo libro es una invitación y una propuesta, por lo que su lectura se transforma o debería transformarse en una lectura cómplice, es decir, en una lectura activa en la cual se produce un diálogo participativo: al lector no se le da todo hecho, es preciso que este identifique, ordene, reordene, clasifique, relacione los signos para comenzar a descifrar y entender mensajes, guiños, alusiones, sugerencias, para que sienta las palabras, sus matices, sus colores, sus denotaciones y, sobre todo, sus connotaciones, para que las imágenes, la música, la utilización del espacio, la arquitectura, adquieran sentido y formen y conformen un mundo particular, una visión que, en el caso del arte, nos entrega la forma, la materia con la cual trabaja el artista: sin forma no hay fondo, sin significante no hay significado: en arte, como afirma Octavio Paz, solo las formas significan.

 El libro que hoy presentamos, es un libro-objeto, es decir, un libro de dimensión artística, un libro cuyo soporte no se puede desvincular de su contenido, porque ambos son la misma cosa, el objeto mismo; el diseño de la obra es la expresión de su contenido. En estos casos, el formato libro se asocia a lo que se denomina “libro de artista” (generalmente vinculado a la poesía) y también al llamado “libro sensorial” (especialmente vinculado a los niños). En el fondo, son libros que no se pueden leer como cualquier otro libro.

 “Cementerio en color” es el título de esta obra de Georgos Nicolaides, publicada por el Instituto de Teología de la Universidad Católica de la Santísima Concepción. En este libro hay un diálogo entre dos disciplinas artísticas: la fotografía y la escritura poética, en este caso, fotografías de Georgos Nicolaides y textos de Gabriela Mistral. ¡Qué otra mejor interlocutora que esta paisana de las materias nuestras, podría haber elegido Georgos Nicolaides para este diálogo mayor de su creatividad! No es la primera vez, ni será la última, en que asistamos a nupcias tan productivas, interesantes y sugerentes. Efectivamente, la relación entre ambas disciplinas recorre la historia del arte en un cruce siempre significativo que produce nuevos escenarios, nuevos contextos de los cuales surge, necesariamente, una nueva mirada que es, ante todo, acción y movimiento, una voluntad que implica el acto de desplazarse, de ir del texto a la imagen, de la imagen al texto, para producir ese punto de encuentro casi virtual a veces en que puede descubrirse ese punctum del que nos habla Roland Barthes, ese significado personal cuando una foto nos conmueve y nos dice algo muy íntimo y particular, muchas veces producido por un detalle casi insignificante de la foto. Esta noción de punctum, en el caso de este bello libro de Georgos Nicolaides, habría que extenderla a ese espacio en que foto y texto se encuentran en la amorosa relación que se produce en toda obra plasmada, en ese encuentro erótico que es como un beso que el lector-espectador siente y palpa como propio, pues está frente al misterio de una verdadera obra de arte. Y ante esa constatación, San Juan de la Cruz (y también lo retoma nuestro Gonzalo Rojas), parecen proponer un balbuceo genuino, un “no sé qué que quedan balbuceando”.

Ahora bien, la invitación y la propuesta de Georgos Nicolaides, tiene como tema principal un espacio particular que se relaciona específicamente con la muerte: el cementerio (del lat. tardío coemeterĭum, y este del gr. bizant. κοιμητήριον, koimetérion, propiamente, 'dormitorio'), como señala el diccionario de la Real Academia y agrega: Terreno, generalmente cercado, destinado a enterrar cadáveres. No estamos en presencia de los nuevos cementerios, denominados parques, sino del cementerio tradicional con lápidas, mausoleos, y esculturas de diversa índole.

La invitación, entonces, si consideramos la experiencia de nuestra cultura con la muerte, incluso tomando en cuenta la promesa cristiana de los cuerpos resurrectos o como acertadamente señala el P. Agostino Molteni en el prólogo de este libro: “la herencia de la victoria de la resurrección de Cristo en el mundo” es, por decirlo de algún modo, al menos algo extraño que nos produce temor, cierta distancia, duda, rebeldía, vértigo, vacío. La muerte con toda su iconografía se nos viene de bruces e intentamos huir de ella, otras veces buscamos exorcizarla. Es el mysterium tremendum et fascinans, lo tremendo o terrible y lo fascinante, lo sumamente atractivo. Tánatos y Eros en un continuo contrapunto.

Desde este punto de vista, la interesante propuesta de Georgos Nicolaides, consiste en una amable invitación (amable en el sentido de “digno de ser amado” y también de “afable, complaciente, afectuoso), amable invitación, reitero, para acercarnos precisamente de ese modo a la muerte, lo cual implica una nueva perspectiva, un cambio, una predisposición anímica. Y lo primero que nos llama la atención, es el hecho de que la muerte, que en nuestra cultura nos hemos representado siempre como en blanco y negro, con la ausencia total de color, con sombras y silencio, con la noche eterna, aparece aquí en este bello libro como el amanecer de un nuevo día: a todo color. “Cementerio en color”, reza el título de la obra, como si ese “dormitorio” que es también el objeto-libro, hubiera despertado de un hermoso sueño y nos prodigara la magia de una aventura, de un camino, de un recorrido que es registro y memoria, testimonio y experiencia y, por lo tanto, vida celebrada y padecida.   

           La fotografía, desde el momento en que el artista la hace, pasa a ser documento, vivencia del pasado, lo que alguien llamó “objeto de duelo” que nos permite ver ad-infinitum, fragmentos de “lo que ha sido”. El acto de fotografiar es como una “pequeña muerte”, porque fija y plasma para siempre un instante que sabemos que nunca volverá a repetirse.

           Sin embargo, las bellas y logradas fotografías de Georgos Nicolaides, nos muestran y demuestran que en ese dormitorio que es el cementerio, no todo es muerte y pasividad y que son múltiples los signos de vida que conviven en ese espacio: especialmente ha destacado él la presencia vital del ser humano y de la naturaleza: plantas, flores, árboles, insectos, pájaros. La huella del hombre en la escritura de lápidas, mármoles y lozas: cultura e idiosincrasia de un pueblo. Se diría que el cementerio tiene su propio color y que, realmente, nunca ha sido en blanco y negro.

           Es preciso destacar también que este libro podría considerarse, precisamente, como un antídoto contra la muerte, no porque no vayamos a morir, sino porque se produce ese verdadero exorcismo en la figura del carnaval, del bufón que muchos artistas han llevado a cabo: pienso, por ejemplo, en los poetas chilenos Nicanor Parra y Óscar Hahn quienes han festinado a la Muerte como personaje, la han tuteado y se han reído de ella, lo cual implica la presencia de la risa, del color, de la vida, del lenguaje familiar y coloquial, del trato poco solemne, desacralizado, casi irrespetuoso o de igual a igual con la temida presencia de la muerte. Es otra manera de negarle a la muerte la última palabra, porque como dice San Pablo, en cita también del P. Agostino Molteni en el prólogo de esta obra: “¿Dónde está, muerte, tu victoria?” (1 Co 15,55). Y aunque “Cementerio en color” no llega a tal desenfado, sí es un libro que está traspasado por una belleza conmovedora, por una música en sordina, por una paz alada, por un sorpresivo detalle a vuelta de página, por sombras que dialogan con la luz, por primeros planos que destacan sobre velados fondos misteriosos, por esculturas que descansan el musgo de su soledad en el horizonte de sus miradas, por un brote verde milagroso entre mármoles resquebrajados. E incluso la doble muerte que ocasionó el movimiento telúrico y que significó la destrucción de lápidas y mausoleos, contrasta con esa muerte colorida, más democrática y proletaria, casi endieciochada, en una reunión de cruces de la más diversa índole y que están allí como una población marginal, recordándonos que la muerte es igual para todos y que lo demás es un maquillaje sin sentido.   

           Es innegable que un libro como “Cementerio en color”, de Georgos Nicolaides, amerita un examen más exhaustivo, más en detalle, porque cuando una obra suscita múltiples lecturas e invita y envía a otros diálogos y genera productivamente tantos mensajes, tantas sensaciones, es la buena señal de que estamos ante un trabajo de excelencia que precisa una mayor difusión en busca de nuevos lectores.  

           Quisiera terminar estas palabras con el último texto que aparece en el libro, un fragmento en prosa de Gabriela Mistral, cuya sola presencia en esta obra, y en la excelente selección del autor, pone un sello de distinción y de reconocimiento:  

 “[…] Ahora yo te hablo con los ojos cerrados, olvidándome de dónde estoy para no saber que estoy tan lejos; con los ojos apretados para no mirar que hay un mar tan ancho entre tu pecho y mi semblante. Te converso cual si estuviera tocando tus vestidos; tengo las manos un poco entreabiertas y creo que la tuya está cogida. […]

           Para creer que me oyes he bajado los párpados y arrojo de mí la mañana, pensando que a esta hora tú tienes la tarde sobre ti. Y para decirte lo demás, que se quiebra en las palabras, voy quedándome en silencio…”

 

          Concepción de Chile, 29 de marzo de 2012.

 

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